
El alcalde de León, José Antonio Diez, recibió hoy sábado el reconocimiento de la Asociación Amigo de los Decreta con la entrega del premio Decreta que reconoce sus méritos por visibilizar León.
En el acto fueron igualmente galardonados el ex presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, y la periodista y escritora Marta García Aller.
El escritor Juan Pedro Aparicio fue el encargado de realizar la laudatio previa a la entrega del Premio Decreta 2025 por parte de Santiago Asenjo al regidor leonés quien dijo sentirse “agradecido" por que la Asociación Amigos de los Decrete se acordara de él para el reconocimiento y, sobre todo, por “la importancia del elenco de personas" que le acompañan en el mismo.
Diez calificó de “muy positivo" que haya organizaciones, asociaciones, colectivos que “se preocupen de difundir y poner en valor una parte tan importante de la historia de León", como son los Decreta de Alfonso IX".
El regidor leonés aprovechó la ocasión para “animar" a “seguir reivindicando" una lucha que “lejos de ideologías o de pareceres" es “una lucha común, transversal y de todo un pueblo" por “lograr un cumplimiento constitucional y conseguir lo que es de justicia" y lo que “permitirá revertir la situación actual de León" con “la segunda tasa de actividad más baja de España, pérdida de población continuada, falta de oportunidades y falta de inversiones por parte de las distintas administraciones".
Os dejamos el texto de la laudatio del escritor Juan Pedro Aparicio.
"A José Antonio Diez, alcalde de León. con motivo del Premio Amigos de los Decreta por Juan Pedro Aparicio"
Hay momentos en la vida pública en que un gesto revela con más claridad que cualquier programa político el verdadero sentido del gobierno. No es frecuente. De hecho, es raro hasta el punto de que, cuando ocurre, adquiere una dimensión casi fabulosa, pues parece salir de un drama clásico más que de la realidad institucional. Y, sin embargo, esos momentos existen. En ellos, la tradición —esa que encarnan obras como El mejor alcalde, el rey de Lope de Vega y El alcalde de Zalamea de Pedro Calderón de la Barca- deja de ser pasado y se convierte en rabioso presente.
El episodio en que el alcalde de León, José Antonio Diez, mantiene su posición frente a la intimidación de quien actúa como brazo ejecutor del poder central, evoca con precisión ese fondo dramático. No por lo teatral de la escena, sino porque en ella se reproducen las mismas tensiones: poder frente a justicia, jerarquía frente a legitimidad, amenaza frente a dignidad.
En las dos grandes obras del Siglo de Oro, el conflicto no es el agravio. Es el abuso. Don Tello y don Álvaro son representantes de un poder que ha olvidado su función. Por eso su crimen es doble: dañan a las victimas y corrompen la estructura que deberían sostener.
Algo análogo, salvando todas las distancias, se insinúa en este episodio de nuestros días. Cuando un representante —formal o informal— del poder central llama al orden a un alcalde por reclamar lo que su ciudad necesita, no estamos ante un simple desacuerdo político. Estamos ante una tentativa de inversión de principio mismo de gobierno: se pretende que quien sirve a comunidad calle, y lo haga precisamente ante quien debería servir también.
Y ahí es donde emerge la dignidad. El alcalde de León, al mantener su reclamación, al no rebajarla ni revestirla de una forma de sumisión artera, se sitúa en una línea que no es solo política, sino moral. Su gesto recuerda, inevitablemente, al Pedro Crespo de El alcalde de Zalamea: ese labrador elevado a autoridad que, sin dejar de ser quien es, afirma que la justicia no depende del rango, sino de la rectitud. Cuando Crespo delimita lo que no puede ser arrebatado, está trazando un territorio inviolable.
Y en León, ese territorio no es solo el de la ciudad. Aquí la escena se ensancha. Porque quien habla desde el consistorio presta su voz no únicamente a un perímetro urbano, sino a un territorio más amplio: la provincia entera. Un territorio que conoce bien la injusta asimetría que sufre, pues es muy consciente de su posición descompensada dentro del sistema autonómico.
Tal vez por eso la imagen más precisa de un contexto así no esté en los libros, sino en el bronce. Me refiero a ese león que, en la plaza de San Marcelo, parece querer emerger de una alcantarilla con una mezcla de esfuerzo, dignidad y cierta perplejidad. No ruge todavía. Simplemente intenta salir.
La metáfora es demasiado elocuente como para ignorarla. Durante años, la provincia ha parecido moverse en ese mismo gesto: asomando, insistiendo, empujando desde abajo. Y lo que resulta llamativo en la actitud del alcalde no es solo que defienda a la ciudad, sino que, de manera más o menos explicita, asume esa tarea más amplia: la de contribuir -desde su posición, limitada pero visible- a que todo el territorio leonés deje de habitar esa alcantarilla simbólica.
Aqui aparece un matiz interesante, cargado de empatía. El alcalde, figura por definición urbana, acaba ejerciendo -quizá sin proclamarlo en exceso- una suerte de alcaldía extendida, una representación que desborda el municipio y se proyecta sobre un territorio que no ha encontrado la mirada adecuada en los niveles donde se decide su destino.
En este punto, el paralelismo con El mejor alcalde, el rey adquiere un giro inesperado. En la obra de Lope, el monarca restituye el orden. Aquí, en cambio, no hay una figura superior que acuda a corregir el desequilibrio. El "rey" no comparece. Y, en su ausencia, el gesto del alcalde José Antonio adquiere un peso mayor: no espera la reparación, la explica y la defiende.
Gobernar bien no consiste solo en gestionar recursos, en ejecutar proyectos o en negociar presupuestos. Todo eso es necesario, pero insuficiente. Gobernar bien implica sostener un principio: que la autoridad no es un privilegio, sino una responsabilidad; que quien ostenta poder lo hace en nombre de otros y no por encima de ellos.
Cuando ese principio se erosiona —cuando el poder se vuelve susceptible, cuando interpreta la crítica como deslealtad, cuando responde a la demanda con admonición-, el sistema entero se resiente. Porque entonces la política deja de ser un espacio de representación y se convierte en un espacio de obediencia.
Frente a eso, la actitud del alcalde de León introduce una resistencia educada pero firme. No es una rebelión. No es un desafío grandilocuente. Es algo más difícil: la negativa a aceptar que la jerarquía sustituya a la razón.)
Y en esa negativa hay una enseñanza.
Cuando el alcalde de León igual que Pedro Crespo, sabe -o parece saber- hasta dónde puede ceder sin mancharse. Pero hay algo más: sabe también que la paciencia no puede convertirse indefinidamente en una forma de silencio. Por eso, cuando habla, no lo hace solo como gestor, sino como intérprete de una incomodidad más amplia.
Las comunidades no se sostienen solo por grandes decisiones, sino por la acumulación de actos que refuerzan o responsable público cede ante una presión indebida, esa confianza se erosiona.
Por eso este episodio tiene una resonancia más amplia. Porque recuerda que el buen gobierno no depende únicamente de las estructuras, sino de las personas que las encarnan. Y que, en última instancia, la legitimidad no se impone: se ejerce.
Hay, además, un matiz específicamente leonés que no conviene olvidar. León -con su memoria de centralidad perdida y su persistente sensación de agravio- ha desarrollado una relación compleja con el poder: entre la lealtad y la desconfianza, entre la paciencia y la reivindicación. En ese equilibrio inestable, la figura del alcalde aparece casi como ese león urbano que, sin estridencias, sigue empujando desde abajo para lograr salir.
Y esto sea dicho con una ligera ironía —porque toda metáfora demasiado evidente la admite-, pero también con una cierta admiración: la de quien insiste, una y otra vez, en salir a la superficie sin renunciar a su ser.
Y ahí, en este punto, el paralelismo con nuestros clásicos alcanza su mayor profundidad. Porque tanto en Lope de Vega como en Pedro Calderón de la Barca, lo que está en juego no es solo la resolución de un conflicto concreto, sino la afirmación de un orden moral: aquel en el que el poder, por alto que se alce, debe responder ante la justicia.
Cuando ese orden se invierte, el drama comienza. Cuando el poder se emancipa de la ley, la fuerza suplanta a la razón y el reino - cualquier reino— empieza a resquebrajarse desde dentro.
Pero cuando alguien -aunque sea desde un ayuntamiento, aunque sea con medios limitados- se empeña en devolver ese orden a su sitio, algo se repara. No todo, es cierto. Pero sí lo suficiente como para que el león, al menos por un instante, deje de parecer cercado y comience, lentamente, a reconocerse de nuevo en su propia dignidad.
Y conviene entonces recordar —no como erudición, sino como conciencia- el acierto profundo de nuestros clásicos. El rey de la obra de Lope no es otro que Alfonso VII de León. Y el alcalde de Zalamea lo es de una localidad de aquella Extremadura que no era aún nombre amputado, sino frontera viva del Reino de León.
Porque hubo dos Extremaduras: una, la castellana —Ávila, Segovia, Soria-, que el tiempo integró sin conflicto en lo que se ha venido llamando Castilla la Vieja; y otra, la leonesa, que perdió su apellido, y quedó reducida a un término incompleto: Extremadura, sin más.
¿Casualidad? Tal vez. O tal vez otra forma, más sutil, de esas mismas grietas de las que venimos hablando: no ya en la tierra, sino en la memoria.
Por eso, cuando hoy se reivindica la justicia desde lo cercano, cuando se actúa con rectitud allí donde más fácil sería mirar hacia otro lado, no solo se resuelve un agravio: se restituye, aunque sea por un momento, un hilo antiguo que nos une con lo que fuimos.
Gracias por todo, señor alcalde de León, Jose Antonio Diez, los "Amigos de los Decreta" nos sentimos muy felices y honrados de que haya aceptado este humilde premio que hoy le entregamos.